Contra la conformidad

Muchas veces hacemos filosofía sin darnos cuenta. Desde que aprendemos a pensar y nos aparecen esas primeras preguntas, aquellas en las que buscando el porqué de todo muestran el nacimiento de la curiosidad. Más tarde aparece la filosofía, empaquetada en forma de ser humano. Podría decirse que la filosofía nace en la primera pregunta de un niño.

Recuerdo mi infancia, cuando el mundo era nuevo para mí, y no entendía nada de lo que me rodeaba. Quería saberlo todo, como niña curiosa que era. Aunque mi querida madre siempre trataba de librarse de mí con un “no lo sé”, me enfadaba y le exigía una respuesta. “Los mayores han de saberlo todo”- pensaba yo. Era muy frustrante buscar respuestas y no hallarlas. Y así surgían más y más preguntas.

Cuando se es niño, hay ocasiones en las que los padres quieren que hagas algo, o te dicen que algo ha de ser de determinada manera y su forma de argumentarlo es el “porque yo lo digo”. A mí nunca me bastó esa respuesta y me gané el mote de “cabezota”, de “pesada”.

Para el niño no sirve la conformidad, y por eso es el que más sabe hacer filosofía. No se conforma con un “porque sí” y pregunta sin cesar. Cuando el niño busca sus propias respuestas, a menudo es travieso y, por ejemplo, abre el mando a distancia del televisor para averiguar cómo funciona. A los mayores no les interesa esa búsqueda y ahí surge un problema. El niño crece y…

… se conforma con las respuestas: con lo que le dicen, con lo que le han enseñado a aceptar porque sí. Pierde la curiosidad y no busca, no indaga. Acepta las respuestas de otros y no se cuestiona si son verdaderas o no.

¿Y qué tiene que ver esto con la importancia de la filosofía? Empezando porque muestra nuestra humanidad con esa curiosidad innata, la filosofía nos permite ser siempre niños porque siempre tendremos preguntas por responder. Aunque al crecer no sean nuestros padres los que responden “porque sí”, sino el gobierno, la religión, la sociedad en su conjunto, éstos no se interesan por saber, sino más bien por proteger sus propios intereses.

Por ello, no hay que permitir que la filosofía desaparezca de nuestras vidas al dejar de ser niños. Al contrario: tenemos que alimentarla día tras día, manteniendo viva la sed por el conocimiento, por la búsqueda de respuestas, nuestras respuestas. Búsqueda que hace que la filosofía sea imperecedera.

Saida Humbert – Institut Les Termes

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